miércoles, 13 de mayo de 2015

Ella, Escritura.

    Era pequeña, sencilla. Era nada más y nada menos que ella. Era alegre y dulce a la par que triste y melancólica. Solía curar sus heridas con las lágrimas que brotaban de sus ojos y, en gran parte, eso aliviaba su dolor.
    Pero un día se le rompió el alma. No sabe cómo ni bien por qué; no recuerda el preciso instante ni bien las precisas causas, pero sucedió. Y por la grieta creada en el corazón comenzó a correr la sangre. Aunque esta vez era diferente a la conocida hasta entonces. Se trataba de sangre azul. Y no, no me refiero a la sangre de un noble, si no a la tinta de un bolígrafo. Un bolígrafo tan roto como ella que no podía dejar de sangrar.
    Y la pequeña niña encontró así una nueva forma de deshacerse del mundo y de que el mundo se deshiciese de ella, una nueva forma de dejar su verdad, una nueva forma de gritar en silencio todas sus palabras calladas.
    Los ingredientes no daban paso a confusión alguna: un papel, un bolígrafo, media taza de soledad (o quizás una entera), dejarse llevar y, de vez en cuando, la meliflua melodía de un piano.
Entonces comenzaba aquel fenómeno, aquella jerga de palabras, párrafos y tachones que podría limitarme a resumir en un solo término. Aquel íntimo fenómeno se denominaba Ella.
    Plenamente ella. Sin tapujos, sin máscaras ni apariencias. Libre, bailando por el folio sin reparar en nadie ni dar cuentas de nada.
    Y se enamoró de aquello. De la plenitud y la libertad de la escritura. De poder dejar en versos su amargura y escribir sonrisas, y relatar miradas y narrar ternura. De ser ella y sus matices de locura.
Risueña. Sencilla. Alegre. Nostálgica. Triste. Ausente. Ella, sin ser más que lo que era, Escritura.

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