sábado, 22 de agosto de 2015

Un juego de idiotas.

Caía la ropa
como caía la nostalgia,
como la lluvia.
Caía desnudado un cuerpo
dispuesto a perderlo todo.

Y se besaban,
se besaban como nunca,
como si sus bocas jamás hubiesen probado tal delicia
como si fuese el primer y último día de sus vidas.
Se besaban para aprenderse
para no olvidarse
para recordarse eternamente.

Y se tocaban
como intentando moldear un futuro,
como dos ciegos
                    locos de amor
susurrando caricias
al borde de una hecatombe.

Y no sabían lo que hacían
pero estaban desatando una guerra.

Si les vieses
sabrías de lo que hablo.
Su mirada
-la de él-
bombardeaba auténticas imprudencias.
Su cuerpo
-el de ella-
se convertía en el mayor pecado
concebido por el hombre.

Pero eso ellos no lo sabían.
Ellos jugaban al amor
como quien juega
sin conocer las reglas,
sin pensar demasiado en el porvenir
y sin ser conscientes.

Y de ese modo
cualquier sitio
o cualquier cama
se prestaba perfecto
para perder la vida.