Lo he intentado todo
pero olvidar es algo que nunca se me ha dado bien.
La palabra despedida siempre me ha quedado grande
y me ha llenado de temores
entre ellos el olvido
o darme cuenta de que te necesito.
Lo he intentado todo.
He hablado con otros,
pero siempre estás tú.
He intentado sacarte de mi
como quien intenta sacarse una astilla clavada muy muy al fondo.
Con empeño,
con constancia,
poco a poco,
admitiendo el dolor
aceptando el dolor
y esperando que llegue el momento
en el que por fin cese.
Lo he intentado de mil formas.
Me he dicho con mil verbos
que tengo que olvidarte
pero es inevitable meterte en todos y cada uno de ellos.
Olvidar
cada beso en cada tarde.
Abandonar
lo que fuimos
(jodido pasado)
Relegar
de tu mirada.
Arrinconar
cada recuerdo.
Negar
toda canción que lleve tu nombre.
Desconocer-te.
Ignorar-te.
Lo he intentado
en la mañana
y en la noche.
Los días con sol era más sencillo,
los días de lluvia se me hacía imposible.
Lo he intentado
con amigos
con cerveza
con borracheras
y con noches de suicidio en el colchón.
Te juro que lo he intentado.
Y creo que sólo el tiempo sabe cómo hacerlo.
He entendido que no tengo que olvidarte,
que olvidar es un verbo que no existe,
que sólo tengo que aceptarlo,
asumirlo
y esperar al día en el cual al cerrar los ojos no imagine tu sonrisa
y simplemente seas
un recuerdo,
un simple recuerdo
sin dolor.
jueves, 23 de julio de 2015
Tormenta de verano.
Qué tendrá la lluvia
y el cielo gris.
Qué tendrá el estruendo de una tormenta
y el sobrecogedor derrumbe del cielo.
Qué tendrá para gustarme tanto.
Creo que se parece a ti.
Llueves sin querer
vienes para quedarte
y aunque te vayas en cuestión de minutos
llegas y me dejas tus charcos.
Llueves
y mojas toda mi existencia
mojas mis recuerdos
empapas mis sentidos
inhundas la poca cordura que me queda.
Llueves
y me dejas un alma dividida
que deja de ser mía
y pasa a ser nuestra.
Por una parte encuentro
la cercanía de tu llegada.
Llegas y traes contigo
el abrazo de tus gotas
el brillo de tus rayos
y ese peculiar trueno
que rompe mis silencios
para que quede claro que estás aquí.
Por otro lado temo
la lejanía de tu huida.
Pero sé que vas a irte
y vas a dejarme ante los días de sol
sintiendo el frio de tus ausencias
y lo poco que importan 40°
sin el verdadero calor de tus abrazos.
Parece que estoy contigo,
parece que veo tus miedos,
parece que puedo sentir tus ganas de quedarte.
Pero ya no estás aquí
y tengo que acostumbrarme.
Esta tormenta de verano
es todo lo que queda de nosotros.
.
jueves, 9 de julio de 2015
Cincuenta días más.
Caerse la primera vez fue sencillo.
Tú advertías de tu huida,
yo quise quedarme un rato
a jugar con tu sonrisa.
Caímos simplemente porque tenía que pasar
y ambos sabíamos que pasaría.
Lo complejo vino después
con la ausencia
y la necesidad.
Cuando,
no sé bien cómo
volvimos a atraparnos.
Esta vez más fuerte,
esta vez con un no te vayas en la boca.
Y disfrazamos
por un tiempo
nuestros miedos.
Y disfrutamos
por un tiempo
del ahora.
Y dibujamos
por un tiempo
un nosotros.
Y tratamos
por un tiempo
de intentarlo.
Entonces llegó la parte más difícil.
Yo asumí tu huida.
Tú,
a pesar de querer huir,
te quedabas a jugar con mi sonrisa.
Y sin ser muy conscientes de ello,
o quizá siendo demasiado conscientes,
tropezamos cincuenta días
con la misma piedra,
y nos dimos de frente cincuenta tardes
con los mismos besos
y pusimos cincuenta finales
que terminaron siendo siempre un nuevo comienzo.
Muchos no lo entienden,
muchos no lo entenderán jamás.
Me dicen que lo deje,
que termine con este continuo subir y bajar.
Supongo que podría hacerlo,
podría dejarlo.
Pero sé que si hoy coges el teléfono
y decides que no te apetece huir
caeré cincuenta días más.
Porque caer sobre ti
y todo lo que eso conlleva
pesa cincuenta veces más
que la agonía que luego trae la ausencia.
Tú advertías de tu huida,
yo quise quedarme un rato
a jugar con tu sonrisa.
Caímos simplemente porque tenía que pasar
y ambos sabíamos que pasaría.
Lo complejo vino después
con la ausencia
y la necesidad.
Cuando,
no sé bien cómo
volvimos a atraparnos.
Esta vez más fuerte,
esta vez con un no te vayas en la boca.
Y disfrazamos
por un tiempo
nuestros miedos.
Y disfrutamos
por un tiempo
del ahora.
Y dibujamos
por un tiempo
un nosotros.
Y tratamos
por un tiempo
de intentarlo.
Entonces llegó la parte más difícil.
Yo asumí tu huida.
Tú,
a pesar de querer huir,
te quedabas a jugar con mi sonrisa.
Y sin ser muy conscientes de ello,
o quizá siendo demasiado conscientes,
tropezamos cincuenta días
con la misma piedra,
y nos dimos de frente cincuenta tardes
con los mismos besos
y pusimos cincuenta finales
que terminaron siendo siempre un nuevo comienzo.
Muchos no lo entienden,
muchos no lo entenderán jamás.
Me dicen que lo deje,
que termine con este continuo subir y bajar.
Supongo que podría hacerlo,
podría dejarlo.
Pero sé que si hoy coges el teléfono
y decides que no te apetece huir
caeré cincuenta días más.
Porque caer sobre ti
y todo lo que eso conlleva
pesa cincuenta veces más
que la agonía que luego trae la ausencia.
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