Caerse la primera vez fue sencillo.
Tú advertías de tu huida,
yo quise quedarme un rato
a jugar con tu sonrisa.
Caímos simplemente porque tenía que pasar
y ambos sabíamos que pasaría.
Lo complejo vino después
con la ausencia
y la necesidad.
Cuando,
no sé bien cómo
volvimos a atraparnos.
Esta vez más fuerte,
esta vez con un no te vayas en la boca.
Y disfrazamos
por un tiempo
nuestros miedos.
Y disfrutamos
por un tiempo
del ahora.
Y dibujamos
por un tiempo
un nosotros.
Y tratamos
por un tiempo
de intentarlo.
Entonces llegó la parte más difícil.
Yo asumí tu huida.
Tú,
a pesar de querer huir,
te quedabas a jugar con mi sonrisa.
Y sin ser muy conscientes de ello,
o quizá siendo demasiado conscientes,
tropezamos cincuenta días
con la misma piedra,
y nos dimos de frente cincuenta tardes
con los mismos besos
y pusimos cincuenta finales
que terminaron siendo siempre un nuevo comienzo.
Muchos no lo entienden,
muchos no lo entenderán jamás.
Me dicen que lo deje,
que termine con este continuo subir y bajar.
Supongo que podría hacerlo,
podría dejarlo.
Pero sé que si hoy coges el teléfono
y decides que no te apetece huir
caeré cincuenta días más.
Porque caer sobre ti
y todo lo que eso conlleva
pesa cincuenta veces más
que la agonía que luego trae la ausencia.
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