sábado, 30 de mayo de 2015

El hombre debe salvar su alma.

El hombre debe salvar su alma
decían pretextos y convencionalismos
pero
qué significaba salvar su alma.

Había para quien salvar el alma
significaba
                 únicamente
mantenerla lejos de posibles daños.
Y con daños no me refiero
a otra cosa más que
                                amor
                                       esperanzas
                                                        fe.

Había para quien salvar el ama
significaba
                 simplemente
salvarla de sentir.
Y con esto me refiero
a salvarla de convertir
                                  amor en soledad
                                  esperanzas en olvido
                                  fe en incredulidad.

Había para quien salvar el alma
consistía en controlar todo lo que esta decía
y prohibirle hablar si era necesario.
Resumido:
                 mandar al alma
                 antes que dejarla mandar.

En contraposición
había para quien salvar el alma
significaba
                 preferentemente
dejarla volar libre e inconscientemente
a pesar de las posibles caídas.
Dejarla sentir,
es decir,
a pesar de convertir
                              amor en soledad
                              esperanzas en olvido
                              fe en incredulidad.

He de decir que me encuentro
en el segundo grupo de personas.
En el cual el alma manda
y no hay quien mande en ella.
Es un alma rebelde,
que defiende lo que quiere
                      sin pensarlo.
Y esto a veces da lugar
a luchas internas
                        entre alma revolucionaria
                                 y mente pragmática.
Y como en todas las guerras
alguien gana
y alguien sufre.

Así que permítanme darles un consejo
que debo aplicarme yo también.
Aprendan un poco a salvar su alma
de la manera en que la salvan
quienes se encuentran en contraposición
y viceversa.

En una esquina cómoda y solitaria.

No la has visto caer al suelo
   y hundirse en su propio mar.
No la has visto mirarse al espejo
   y gritar
            por qué a mi.
No la has visto buscando respuestas
   en cada esquina que se prestase cómoda y solitaria
   para dejar ahí sus restos de esperanzas.
No la has visto en ese momento en el que todo el mundo
                                                                                           se le cae encima
y cree que no puede con nada.
No la has visto cuando todo su valor ha perdido sentido
   para dárselo al tuyo.
No la has visto desgastarse cada vez que le preguntan:
"¿cuánto te quieres?¿ y a él?"
No la has visto justo en ese instante en el que se da cuenta
 de que sin ti no y contigo a duras penas.
No la has visto diciendo:
  "me da igual estar mal porque cuando estoy con él soy feliz y estoy completa."
No la has visto cansada,
                         agotada,
                         planteándose el paso al olvido.

Y si no la has visto es porque ella no ha querido.
Ella no quiere ser débil y vulnerable,
   aunque a veces crea inevitable
   que tú eres su gran debilidad.
Ella no busca que la veas acurrucada
   en la esquina de su cama
 luchando contra cada injusticia.
No quiere dejar de defenderte
frente a cada bala que disparan contra ti.
Ella no quiere el olvido.
Es más, teme el olvido.
Y aunque Ella sea fuerte,
y haya aguantado tormentas y avalanchas,
aunque haya conseguido una sonrisa por cada lágrima
a veces
tan sólo
necesita que la cuiden,
              que la quieran,
              que la protejan.
Mejor dicho;
necesita que la cuides
              que la quieras
              que la protejas.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Ella, Escritura.

    Era pequeña, sencilla. Era nada más y nada menos que ella. Era alegre y dulce a la par que triste y melancólica. Solía curar sus heridas con las lágrimas que brotaban de sus ojos y, en gran parte, eso aliviaba su dolor.
    Pero un día se le rompió el alma. No sabe cómo ni bien por qué; no recuerda el preciso instante ni bien las precisas causas, pero sucedió. Y por la grieta creada en el corazón comenzó a correr la sangre. Aunque esta vez era diferente a la conocida hasta entonces. Se trataba de sangre azul. Y no, no me refiero a la sangre de un noble, si no a la tinta de un bolígrafo. Un bolígrafo tan roto como ella que no podía dejar de sangrar.
    Y la pequeña niña encontró así una nueva forma de deshacerse del mundo y de que el mundo se deshiciese de ella, una nueva forma de dejar su verdad, una nueva forma de gritar en silencio todas sus palabras calladas.
    Los ingredientes no daban paso a confusión alguna: un papel, un bolígrafo, media taza de soledad (o quizás una entera), dejarse llevar y, de vez en cuando, la meliflua melodía de un piano.
Entonces comenzaba aquel fenómeno, aquella jerga de palabras, párrafos y tachones que podría limitarme a resumir en un solo término. Aquel íntimo fenómeno se denominaba Ella.
    Plenamente ella. Sin tapujos, sin máscaras ni apariencias. Libre, bailando por el folio sin reparar en nadie ni dar cuentas de nada.
    Y se enamoró de aquello. De la plenitud y la libertad de la escritura. De poder dejar en versos su amargura y escribir sonrisas, y relatar miradas y narrar ternura. De ser ella y sus matices de locura.
Risueña. Sencilla. Alegre. Nostálgica. Triste. Ausente. Ella, sin ser más que lo que era, Escritura.

domingo, 10 de mayo de 2015

Ruinas y cenizas.

Tal vez no sea lo más poético que haya escrito, tal vez tan sólo sea un intento de expresar partes inexpresables de mi alma. Tal vez no sepa ni lo que siento ahora mismo, pero quiero intentarlo. 
Porque he sentido cómo todo mi cuerpo era bombardeado, cómo se derrumbaban cada uno de los muros que constituían mi pequeño país, mi pequeño corazón, dejando poco más que tristes y despreciables ruinas y cenizas.


Pedazos.
Simples pedazos.
En eso se ha convertido mi alma,
en diminutos restos,
en ruinas,
resquebrajados pedazos.

Insomnio.
Creado por el pánico,
creado por la angustia
de pensar en ti
y no verte.

Algo me oprime el pecho.
Me late el corazón a una velocidad incalculable.
No,
no llega todo el aire que a mis pulmones debería llegarles.

Me mareo. 
Me pesa el tiempo,
y más aun me pesa el alma
ahora que es un peso muerto. 

Desaparecer. 
Tan solo quiero desaparecer.
Que la Tierra jamás haya sabido de mi existencia.
Quedar,
únicamente,
en meros y fugaces recuerdos.

Me ahogo.
Juro que no puedo respirar.
Tengo dos manos cogiéndome del cuello
y dos puños haciendo de las suyas en mi estómago.

Vuelvo a intentarlo.
Vuelvo a fracasar.
Entro en un bucle sin salida.
Insomnio.

He matado a mi sonrisa
y el brillo de mis ojos
ha salido corriendo preso del pánico.
He empezado la primavera 
cortando de mi jardín 
la mejor de las flores.

Ahora lo entiendo,
se rompe el corazón,
lo hace de verdad. 
Siento como se separa,
lenta y despiadadamente,
en pequeñas partes,
mi alma.

Mi corazón bombea dolor,
o lo bombardea, 
y llega, por mi sangre,
a cada insospechado rincón de mi cuerpo
destrozando y destruyendo, 
dejando, tan solo,
ruinas
y cenizas.