Tengo imágenes grabadas
que llegan tan dentro
que temo que un día se borren
como se borran las cosas que parecen para siempre.
Veo un cielo de colores
abierto para volar
y se pinta en él
el canto de las golondrinas
que hacen sus nidos
bajo las cornisas de nuestros tejados.
Veo el sol caer
por la ladera izquierda
de la montaña que nos acoge
bajo sus pies.
Y se dibuja grandiosa y bella
vestida de verde como nunca
y ojalá para siempre.
Veo una casa amarilla
con la televisión encendida
y dependiendo de la hora
da la misa o el telediario
la señora que sube y baja
las escaleras que con el tiempo
se hacen cada vez más difíciles.
Me giro y veo
la luna salir a lo lejos en el cielo
que a ese lado comienza ya a dormir.
Y encienden las luces
los que temen
que el día acabe
demasiado rápido.
Y ya es hora de abrir las ventanas
para que se ventile el alma,
así que entro.
Y queda fijo en mis recuerdos ese sonido.
El del choque provocado
por las delgadas tiras doradas
de la cortina que separaba la libertad
de las obligaciones.
Y me refugio en el eco
de unas paredes blancas adornadas
y un frío suelo de piedra,
y cojo aire para avisar
que el agua es mía,
y alguien me dice
que también es de las flores,
así que espero.
Pinto entonces el fondo de azul
y dejo entrar la suave luz
del final de la tarde
por la ventana
y se cuela alguna que otra historia
que los vecinos cuentan sin vergüenza
mientras yo les canto con las golondrinas.
Y encuentro el punto justo
con la lección aprendida
suficiente cinco vueltas de agua fría.
Veo las lágrimas que escondí
cuando crecer dolía,
cuando preguntarse el por qué
ahogaba menos si con el agua me hundía.
Veo también el refugio
de sonrisas desnudas, mojadas y compartidas.
Veo un reflejo
que devolvía una imagen nueva
cada año.
Veo un reflejo
que se disipa triste
y se despide
desdibujándose en el vaho
que aún me abraza.
Veo un último reflejo
que antes de irse
de irme
me pide que
no olvide.
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